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“Me aburro, no sé qué hacer”,
“es una aburrida”, “estuvo re-aburrido”. Son
frases que repiten nuestros adolescentes. Muchos coincidirán
conmigo en que, nunca como en la actualidad, los chicos tuvieron a mano
tantas oportunidades para divertirse. Hoy el surf, la moto
acuática, el vuelo sin motor, los videojuegos y tantas otras
diversiones y deportes son cada vez más accesibles. ¿Por
qué entonces escuchamos a los adolescentes repetir ese
monotemático “me aburro” Una de las múltiples causas puede estar en el hecho de imprimir a la vida diaria un ritmo trepidante, muchas veces precipitado, que desasosiega e incapacita para el ocio creativo. ¿Hemos enseñado a nuestros hijos la diferencia entre ociosidad y ocio? Para Vicktor Frankl la ociosidad lleva a la pasividad y contribuye al “vacío existencial”, ese vacío interior en que nos hundimos cuando nuestra vida no tiene objetivos claros y atractivos. La ociosidad conduce a la vida ociosa, vida que no satisface el ansia innata e ilusionada de felicidad aunque se disponga de una vasta lista de posibles entretenimientos. Quizás otra causa esté en el exceso de oferta. ¿Recuerdan que de niños esperábamos con ilusión “el” juguete que nos traerían los Reyes? Cuando “el” juguete se convierte en una lluvia de ellos, sucede como en el mercado bursátil: el exceso, devalúa las cosas y pierden nuestro aprecio. El Dr. Gerardo Castillo llama la atención sobre otro factor: “no se aburren de nada en concreto, sino de sí mismos: no se ven a sí mismos como seres interesantes” y la Lic. Evelina Brinnitzer opina: “en general atribuyen el remedio a un agente externo: alguien de afuera tiene que mediar para que el chico no se aburra”. La etimología de la palabra aburrir tiene como origen “/abhorrere/”, en latín “tener horror”. Y por evitar el horror, se cae en el desinterés. Un desafío como padres es acompañar a los hijos
en liberarse de la dictadura de las modas (“todos lo
hacen”) y enseñarles a decidir libremente cómo
pasarlo bien y no como otros les imponen, sugiriéndoles
actividades acordes a su modo de ser y su edad. A medida que son
capaces de ocupar el tiempo libre con actividades que descansan
física y psíquicamente, en vez de terminar agotados,
somnolientos y con dolor de cabeza, descubren sus capacidades
interiores: empiezan a crear propuestas de diversión que otorgan
un sentido de liberación. Así se recuperan de las
tensiones y frustraciones típicas de su edad. Puesto que el aburrimiento está relacionado con la incapacidad de asumir el propio protagonismo, la educación para el tiempo libre es ayuda eficaz para que los hijos descubran quienes son y qué buscan. Encontrándose a sí mismos podrán contrarrestar la cultura del aburrimiento. Las virtudes humanas En el hogar es donde se fomentan tempranamente las virtudes humanas que engalanan a los profesionales exitosos. Nunca es tarde para adquirirlas, pero pueden resultar postizas si no arraigan desde el la infancia. |
| SEMINARIO / Colegio del Sagrado Corazón |
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