
“La vida artificial de la ciudad, en que todo está desnaturalizado, fabricado y enormemente manipulado, nos hace perder el contacto con la naturaleza intacta, esa naturaleza que es un Evangelio constantemente abierto ante nuestros ojos, la mensajera de la Buena Noticia de que la vida terrestre no es un absurdo, sino la partida hacia ese realismo lleno de alegría, símbolo de una resurrección que sobrepasa la muerte.
La naturaleza está saliendo incansablemente de las manos de Dios. Es una constante creación a la que colabora el hombre con su trabajo, ingenio y esfuerzo.
Ella le ha sido entregada al hombre para que la conquiste, la domine, la domestique y la utilice en su propio bien. Pero es también una puerta abierta hacia la contemplación del Creador maravilloso que está detrás de cada una de sus criaturas.
La vida ruda en contacto con la naturaleza tiene un carácter regenerador, quita de nosotros todo lo artificial a que estábamos acostumbrados y nos da el verdadero valor de lo esencial.
“Hay que pasar por el desierto y acampar en él para recibir la gracia de Dios. Es allí donde eliminamos de nosotros todo lo que no es de Dios”, decía Charles de Foucauld.

Nuestro mundo es el de la distracción, en el sentido que se opone a concentración. Ya no tenemos tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, con los demás. Ya no tenemos tiempo para mirar la naturaleza, vivimos como ajenos a ella, no sabemos distinguir los distintos árboles, los distintos tipos de flores, de rocas, de animales… y sin embargo la naturaleza es la puerta que nos conduce suavemente a la sobrenatural. Es por los ojos, poniendo atención a todo lo que sea real, como se hace el aprendizaje de la oración verdadera.
No es un escaparse de la realidad concreta de nuestra vida cotidiana, es un situarse en el lugar que nos corresponde en el mundo, pero tenemos que haberlo observado bien antes. Lo sobrenatural no tiene nada de común con lo “maravilloso” o lo “místico”, co-existe con lo ordinario, con lo de cada día.
Albert Camus sentía profundamente todo esto al decir que “damos la espalda a la naturaleza, tenemos vergüenza de la belleza. Nuestras miserables tragedias arrastran olor de escritorio y la sangre que derraman tiene color a tinta rancia. Deliberadamente el mundo ha sido amputado de lo que hace su permanencia: la naturaleza, el mar, la colina, la meditación de las noches”.
La naturaleza es un enorme templo desconocido para el hombre del siglo XX, aunque nos parezca paradójico, y esa enorme alabanza muda solo espera de nosotros una vista atenta para volverse viviente y locuaz.
¿Cómo alabará a Dios la florcita perdida en la altura de la montaña si no tiene nuestra voz?
La fe nos permite mirar el mundo con ojos nuevos. A su luz el mundo se despoja de su máscara para convertirse en algo muy simple pero muy esencial para el hombre, puesto que también lo es para su Creador. Nuestro destino es mirar el mundo tal como lo ve Dios. Si sabemos mirar descubriremos en la naturaleza una parábola inmensa en tecnicolor de las realidades terrestres y eternas. Es un sistema de signos y el hombre de fe descubre el secreto de Dios en el espesor de las cosas. “No vivo de las cosas, sino del sentido de las cosas”, decía Saint Exupéry.
El que no ve en la naturaleza más que una oportunidad de tirarse en el césped a la sombra de un buen árbol y no pensar en nada, está desperdiciando y rehuyendo un tesoro que se le ha confiado. El descanso y la distracción son necesarios, pero no bastan para conducirnos a Dios. También el estudio científico de las realidades naturales es necesario, pero debemos ir más allá para alcanzar lo esencial. No sólo debemos descubrir y dominar la naturaleza, también tenemos que comulgar con ella.
Comulgar con ella es tener ese sentido esencial que nos permite amar lo creado, comprender y aceptar sus lecciones. Es la actitud del joven de espíritu que va a ella buscando algo y vuelve purificado, los ojos llenos de una luz nueva, los oídos llenos de una fantástica melodía, el corazón dilatado y más atento a los demás; pero lo que es más importante, vuelve más orgulloso y consciente de su dignidad de hijo de Dios.
Comulga con la naturaleza el que tiene la actitud de San Francisco de Asís, el autor del Cántico de las creaturas donde el agua, el sol, el viento, el fuego y toda la creación es tratada cariñosamente como una hermana a través de la cual alabamos a Dios.
Tenemos que aprender a orar sobre la belleza, a ser atentos al cántico de las creaturas, porque nuestros corazones “transistorizados” no pueden ni concentrarse ni encontrar al Padre en su creación. Debemos poco a poco llegar a tener un alma vibrante, entusiasta, un alma joven, que nos se canse de leer el poema de la naturaleza. Dios nos está hablando en los colores y en los sonidos, en la vida que palpita sobre nuestro mundo.
Pero la belleza nos debe llevar al amor, sería pasatiempo ridículo quedarnos en una simple necesidad estética.
En el Génesis vemos al hombre inocente dando un nombre a cada cosa, un nombre humano porque para los antiguos el nombre significaba el rol que tenía en el universo, y toda la creación, orientada hacia el hombre adquiría un sentido amistosos y bueno. Quedó librada al hombre y éste con su pecado la desquició. Pero Cristo, el nuevo Adán, quiso participar de esta naturaleza par redimirla e infundirle su espíritu dando a cada cosa un nuevo ser y un nuevo valor, reduciéndola nuevamente a aquel principio luminoso de quien todo dimana. Para eso se encarnó y apareció entre nosotros.
La naturaleza no está hecha para ser destruida o para jugar inconscientemente con ella, sino para su plena realización y perfección en y por el hombre: “el hombre dice San Ignacio- ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor… y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre”.
Toda la obra de la creación es divina, solo el pecado que viene de los hombres puede introducir en ella el desorden. Dios quiere que respetemos profundamente todo lo que sale de su mano creadora; que aprendamos a ver sus obras con ojos purificados por la fe. Nunca deberíamos proferir sobre la naturaleza palabras vulgares, o profanarla y mutilarla con manos irrespetuosas y sucias que no están regidas por un corazón puro.
La frase de San Agustín sigue siendo valedera a través de los siglos: “Toda tu obra sobre la tierra consiste en curar el ojo de tu corazón a fin de que veas a Dios”. Esta convicción emana de una reflexión profunda sobre una bienaventuranza muy olvidada en nuestros días: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios”.
Cada vez que levantemos nuestros ojos bien abiertos para contemplar con gozo la naturaleza que nos rodea e impresiona deberíamos pensar en ese misterio que palpita desde el seno de Dios, el milagro de la existencia: de toda existencia. Y en medio de él sentir la dulzura de nuestra propia existencia y la de todo ser. Cada una en su dimensión especial, la de la piedra, distinta a la de la montaña, la del agua y la de la rosa.
Todo está armonizado en una maravillosa y simple unidad, desde la complejidad del cosmos hasta la de un pétalo de rosa. Todo procede de Dios uno y simple. Su creación refleja esa inefable unidad. En un pétalo el biólogo nos dirá que hay millones y millones de células y el físico nos asombrará aún más haciéndonos notar que en cada una de esas células encontramos los átomos y que cada átomo es una constelación de protón y electrones. Pero sin embargo, el pétalo sigue siendo un pétalo, una simple y maravillosa hojita de la rosa, reflejo de la maravilla que es Dios, “verdad simple y sencilla que ama” nos dice conmovedoramente Fray Luis de León.
Toda la creación, y nosotros como parte de ella, estamos recibiendo del Señor gota a gota la existencia, Ese Señor que con el espíritu de infancia exigido en el Evangelio, juega al crear las maravillas del universo, como juega el músico al expresar su sinfonía y el niño al construir sus castillos de arena. Pero la naturaleza no es un castillo de arena, es una realidad simple y compleja, que deberá ser transformada un momento dado para perdurar como fruto del esfuerzo de Dios y de todos los hombres. Pero mientras tanto sufre como dolores de parto esperando ser transformada, nos dice San Pablo.”
Carnet de Ruta, Meditaciones para la mochila, Montevideo, ediciones Apoce, 1968 p. 107 -112


























