
EL BEBÉ DEL HIELO pág. 2
Una cría de mamut de hace 40.000 años fue hallada en Siberia en perfecto estado de conservación. El análisis de sus restos determina las causas de su muerte y aporta datos sobre la extinción de la especie.
Por Tom Mueller; fotografías de Francis Latreille
La manada de mamuts se acerca al río. Una cría trota junto a las patas de su madre, rozando de vez en cuando con la trompa su pelo largo y brillante. El cielo
es de un azul radiante, y un viento seco silba entre la hierba, que se ondula como las olas del mar en una estepa de 18.000 kilómetros que abarca todo el arco septentrional del mundo de la última glaciación. El largo invierno ha pasado y el aire huele a tierra húmeda. Quizá la tibieza del sol vuelve descuidada a la madre, que por un momento pierde de vista a su pequeña. La cría se acerca al agua, tropieza en la ribera y resbala por un barrizal de arcilla, arena y nieve recién fundida. Lucha por salir, pero con cada movimiento se hunde un poco más. Le entra fango en la boca, en la trompa y en los ojos; desorientada, intenta respirar, pero en lugar de eso inhala una bocanada de barro. Entre toses y arcadas, una marea de pánico la invade, y emite un pavoroso gemido agudo que alerta a la madre. La pequeña intenta coger aire con todas sus fuerzas, pero sólo consigue que el fango le baje por la tráquea y le selle los pulmones. Cuando llega la madre, está parcialmente sumergida en el lodazal semihelado y se agita débilmente, próxima a desvanecerse. La hembra adulta pisotea con fuerza la orilla blanda y lanza un barrito que atrae al resto de la manada. Bajo la mirada de todos, la cría se hunde por completo. Lea el artículo completo en la revista.
CLONACIÓN DE ESPECIES pág. 24
Resucitar una especie extinguida no es sólo un buen guión para una película de ciencia ficción. Hoy, la ingeniería genética permite la viabilidad de esta hipótesis. El dilema es: ¿debemos hacerla realidad?
Por Tom Mueller
Cada nuevo ejemplar de mamut lanudo que emerge del permafrost siberiano desencadena un remolino de especulaciones sobre la posibilidad de resucitar a ese gigante de la última glaciación. Los investigadores ya han perfeccionado algunos de los instrumentos
necesarios para hacer realidad esa esperanza. El pasado noviembre, cuando el equipo de Teruhiko Wakayama, biólogo reproductivo establecido en Kobe, Japón, anunció la clonación de ratones que habían estado 16 años congelados, los científicos pensaron que la misma técnica podía abrir la puerta a la clonación de mamuts y otras especies extinguidas conservadas en permafrost. Semanas después volvió a hablarse de clonación cuando un grupo de la Universidad del Estado de Pennsylvania dirigido por Webb Miller y Stephan C. Schuster publicó el 70% del genoma del mamut, con gran parte de la información básica necesaria para crear un mamut. Lea el artículo completo en la revista.
AMORES MARINOS pág. 28
Al final del invierno austral, los elefantes marinos regresan a tierra firme, donde protagonizan dantescas escenas de apareamiento.
Por Susan Casey; fotografías de Yva Momatiuk y John Eastcott
Cuando se habla de depredadores oceánicos, es fácil subestimar al elefante marino del Sur. No tiene el porte majestuoso del cachalote, ni el perfil hidrodinámico del gran tiburón blanco, ni el magnífico coeficiente intelectual de la orca.
Tampoco posee el aura de misterio y peligro del calamar gigante y de la foca leopardo. ¡Y vaya físico! ¿Qué decir de su nariz, esa absurda trompa a la que debe el nombre, que puede medir hasta medio metro de largo? A juzgar por las apariencias, Mirounga leonina es una criatura realmente extraña, se diría que una bestia inadaptada. Grande como un automóvil y parecido a un dirigible, cuando está fuera del agua generalmente se le puede ver tumbado en la playa o arrastrándose con dificultad. Pero la verdad está más allá de las apariencias. Ciertamente no es una top-model, pero, oculto bajo su aspecto adiposo, el elefante marino se revela como un superhéroe, y su vida, como una sucesión de magníficas proezas. Lea el artículo completo en la revista.
UNA NUEVA CARTOGRAFÍA DEL ÁRTICO pág. 40
A medida que el hielo retrocede, cinco países pugnan por ampliar sus fronteras. Hasta una cuarta parte de las reservas mundiales de petróleo y gas por descubrir podrían yacer bajo el subsuelo ártico.
Por Mckenzie Fun
El despacho de Artur Chilingarov, un explorador polar condecorado con el título honorífico de Héroe de la Federación Rusa, está al final de un largo pasillo de la Duma, el parlamento ruso. En la entrada hay un cartel del rompehielos nuclear Yamal, un monstruo de 150 metros de eslora con erizadas fauces pintadas, y en el interior, un pingüino de madera con dos polluelos, un par de colmillos de morsa tallados y ocho osos polares de porcelana en miniatura: toda una iconografía del Ártico y la Antártida.
De la pared cuelga un retrato de Putin. Chilingarov está sentado en una silla de piel con su heroica estrella dorada prendida en la solapa del traje oscuro. A su lado hay un globo terráqueo de un metro de altura, corriente en todos los aspectos salvo en uno. Ha sido sacado de su eje y reorientado de tal manera que los dos polos quedan a la vista: es la Tierra tumbada de lado. Es invierno en Moscú, tres meses después de que Chilingarov plantara la bandera rusa en el suelo marino del polo Norte, en una aparente apropiación del territorio que causó un revuelo diplomático y gran alboroto de titulares en todo el mundo. Ahora está haciendo campaña para unas elecciones en las que su partido (el de Putin) pronto derrotará a su rival más directo por un margen de seis a uno. Es un hombre ocupado, y omite las formalidades cuando me siento. «Tardamos siete días y siete noches en llegar al polo Norte –dice–. No fue una tarea fácil.» Cerca del polo, los barcos de Chilingarov encontraron una abertura en el hielo, y bajaron dos sumergibles: el Mir I y el Mir II. Chilingarov iba en el primero. Su objetivo, el verdadero polo Norte, se encontraba a 4.200 metros de profundidad. Lea el artículo completo en la revista.
CHINA: EN BUSCA DE SHANGRI-LA pág. 58
El mito de Shangri-La trasciende su propia leyenda y cobra vida entre los idílicos parajes de los Tres Ríos Paralelos, en el oeste de China.
Por Mark Jenkins; fotografías de Fritz Hoffmann
Un animado grupo de turistas chinos, llegados de las ciudades del este, se agolpan ante una enorme rueda de oración tibetana. De viaje en autocar por el lejano oeste de China, se divierten tratando de hacer girar el colosal artilugio. Con sus 15 metros de altura y 7,50 de diámetro, la Rueda de Oración de la Victoria Feliz muestra en un bajorrelieve las 56 etnias de China trabajando en una armonía ejemplar.
Tres monjes vestidos con hábito púrpura, rapados y fornidos, se acercan. Los turistas empujaban el tambor en sentido contrario a las agujas del reloj, al revés de lo que prescribe el budismo tibetano. Los monjes invierten el impulso y logran que el molino rote como una peonza descomunal. Suena un móvil con una estridente melodía pop china. Una mujer con medias de color lavanda hurga en su enorme bolso. Un hombre trajeado busca en el bolsillo de su abrigo de cuero negro. Una chica con zapatillas deportivas Converse a cuadros revuelve en su mochila plateada. Pero es uno de los monjes quien se aleja unos pasos y saca el teléfono de entre los pliegues del hábito. Habla a gritos mientras su mirada se pierde en la ciudad que se abre a sus pies. Ahí está el Paradise Hotel, un coloso de cinco estrellas que alberga una piscina y una enorme reproducción en plástico blanco del monte Kawagebo. Grises edificios de apartamentos se extienden por doquier. Contra una ladera distante reluce entre el humo de las lumbres el monasterio de Ganden Sumtseling, construido en el siglo XVII, y hoy restaurado, como una versión modesta aunque no menos sugerente del majestuoso Potala tibetano. Bienvenidos a Shangri-La. Lea el artículo completo en la revista.
TEJADOS VERDES pág. 80
Los tejados verdes no sólo embellecen la azotea de un edificio. La vegetación ayuda a moderar la temperatura y reduce la escorrentía.
Por Verlyn Klinkenborg; fotografías de Diane Cook y Len Jenshel
Si las casas brotaran del suelo como las setas, los tejados tendrían una capa de tierra y vegetación. Pero, por supuesto, los humanos no construimos como lo hace la naturaleza. Nosotros apartamos la tierra, erigimos la estructura y la rematamos con una cubierta impermeable, por lo general bastante anodina. Sería tentador decir que el mar de tejados de cada una de las ciudades de este planeta es un desierto creado por el hombre, sólo que un desierto es un ecosistema vivo. La realidad es más cruda. Los tejados urbanos se parecen más a un infierno: un lugar sin vida de superficies asfálticas, contrastes de temperatura violentos, vientos despiadados y aversión al agua.
Sin embargo, cualquiera que suba a la azotea de la Biblioteca Pública de Vancouver, en Library Square, nueve pisos por encima de la calle, se encontrará con una pradera y no con un yermo asfaltado. Sinuosas hileras de festucas, una planta gramínea, recorren la cubierta del edificio, pero no están plantadas en jardineras sino en una mezcla especial de tierra, directamente sobre el suelo de la azotea. Es un prado en el cielo, un jardín de 1.850 metros cuadrados diseñado por la paisajista Cornelia H. Oberlander, que en el skyline de Vancouver causa un efecto casi desorientador. Cuando en una ciudad subimos a lo alto de un edificio, normalmente es para admirar las vistas. En la azotea de la biblioteca, en cambio, no puedo evitar la sensación de hallarme en el mismo centro de atención, un inesperado oasis en medio de un mar de hormigón, vidrio y acero. Los tejados vivos no son ninguna novedad. Lea el artículo completo en la revista.
ESPAÑOLES EN LOS POLOS .
El pasado mes de marzo concluyó la celebración del cuarto Año Polar Internacional, en el que han participado miles de investigadores en 228 proyectos, realizados tanto en el Ártico como en la Antártida. En diecinueve de ellos han intervenido científicos españoles.
Hace poco ha finalizado el Año Polar Internacional (API) 2007-2008, un ambicioso programa de investigación científica auspiciado por el Consejo Internacional para la Ciencia (International Council for Science, ICSU) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) que se ha prolongado hasta marzo del presente año. El API, un proyecto coordinado e interdisciplinar, ha
contado con la participación de miles de investigadores de 60 países organizados en 228 proyectos, 19 de los cuales cuentan con científicos españoles. Jerónimo López, miembro del coimité organizador del API y presidente del Comité Español del SCAR (Comité Científico para la Investigación Antártica), dice: «El Año Polar Internacional 2007-2008 es quizás el programa científico coordinado a nivel internacional más ambicioso jamás llevado a cabo, y pretende dejar un legado para iniciar una nueva era de conocimiento científico y comprensión de las regiones polares». La convocatoria que acaba de finalizar corresponde al cuarto Año Polar Internacional. El primero se llevó a cabo entre 1882 y 1883 gracias a la iniciativa del científico austríaco, y teniente de la marina, Karl Weytprecht, quien logró la participación de la OMM y de una docena de países. Esa convocatoria inicial desarrolló 15 proyectos de investigación (13 en el Ártico y dos en la Antártida) centrados en la meteorología y la geofísica, lo que propició la construcción de 15 estaciones de observación en torno al polo Norte. Lea el artículo completo en la revista.
