Archive for the ‘Iglesia’ Category

Homilía del Papa Francisco en Pentecostés

Martes, mayo 21st, 2013

SANTA MISA CON LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES
EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
Domingo 19 de mayo de 2013

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo.

Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega adentro de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los Apóstoles. El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento que sopla fuertemente», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios».

A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.

1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad Dios ofrece siempre novedad, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.

2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura –  y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2Jn v. 9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?

3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión. Recordemos hoy estas tres palabras: novedad, armonía, misión.

La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca: «Veni Sancte Spiritus! – Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.

Fuente: Libreria Editrice Vaticana

Quando os pastores se tornam lobos

Jueves, mayo 16th, 2013
16/05/2013  |  domtotal.com
Artigo publicado no jornal L’Osservatore Romano, em 16 de maio.

Citando Santo Agostinho, papa Francisco alerta para os pastores “que se transformam em lobos e devoram a carne das ovelhas”

Bispos e sacerdotes que se deixam vencer pela tentação do dinheiro e pela vaidade do carreirismo, de pastores transformam-se em lobos “que devoram a carne das suas ovelhas”. Não usou meios-termos o papa Francisco para estigmatizar o comportamento  de quem – disse citando Santo Agostinho  –  “apodera-se  da carne da ovelha para a comer, aproveita-se; negocia e é apegado ao dinheiro; torna-se avaro e muitas vezes  até simoníaco. Ou aproveita da sua lã para a vaidade, para se vangloriar”.

Para superar essas “verdadeiras tentações”, bispos e sacerdotes devem rezar, mas precisam também da oração dos fiéis. Oração que o próprio papa pediu na manhã de quarta-feira (15), aos fiéis que participaram na celebração da missa na capela da Domus Sanctae Marthae.

O Santo Padre comentou as leituras do dia: a primeira (Atos dos Apóstolos 20, 28-38). “É uma das páginas mais bonitas do Novo Testamento”, frisou. Narra a relação entre Paulo e os fiéis de Éfeso, portanto a relação do bispo com o seu povo, “feita de amor e de ternura”. Desta relação, fala-se também no Evangelho de João (17, 11-19), “no qual se encontram outras palavras-chave”, explicou o Pontífice, que o Senhor  dirige aos discípulos: “vigiai”; “cuidai do povo”; “edificai, defendei”.

“E Jesus diz ao Pai: ´consagra´. São palavras e gestos que exprimem precisamente uma relação de proteção, de amor entre Deus e o pastor e entre o pastor e o povo. Esta é uma mensagem para nós bispos,  sacerdotes e povo”, esclareceu o papa.

“Jesus diz-nos: ´Vigiai sobre vós mesmos e sobre  toda a criação´. O bispo e o padre devem vigiar, exercer a vigilância precisamente sobre o seu povo. Também cuidar do seu povo, fazê-lo crescer. Ser sentinela para o avisar quando os lobos chegam”.

“Tudo isto indica uma relação muito importante entre bispo, sacerdote  e povo de Deus. No final um bispo não é bispo para si mesmo, mas para o povo; e um sacerdote não é sacerdote para si mesmo, mas para o povo. Uma relação muito bonita, baseada no amor recíproco. E assim a Igreja torna-se unida”.

“Vós recordais-vos sempre dos bispos e  dos  sacerdotes? Temos necessidade das vossas orações”, – afirmou aos fiéis.

De resto, o papa esclareceu que a relação entre bispos, sacerdotes e povo de Deus não se funda na solidariedade social, portanto “o bispo e o sacerdote são solidários com o povo: nós aqui, vós ali”. Trata-se  de uma “relação existencial”, “sacramental”, como a que é  descrita no Evangelho, na qual “bispo, sacerdote e povo se ajoelham,  rezam e choram. É esta  a Igreja unida! O amor mútuo entre bispo, sacerdote e povo. Temos necessidade das vossas orações para fazer isto, porque também o bispo e o sacerdote podem ser tentados”.

L’Osservatore Romano

Um olhar jesuíta sobre o papa jesuíta

Miércoles, abril 24th, 2013
24/04/2013  |  domtotal.com
A reportagem é de Frédéric Mounier, publicada no jornal La Croix

O ser jesuíta é feito de “simplicidade na palavra, de ausência de pompa e de proximidade pessoal”.

“O Papa Francisco não pode ter perdido aquilo que o formou”. O padre Gianfranco Ghirlanda é jesuíta, especialista em direito canônico, consultor de oito dicastérios da Cúria Romana. Reitor, de 2004 a 2010, da prestigiada pontifícia universidade jesuíta, a Gregoriana, ele participou na sexta-feira de um encontro sobre o tema: “Papa Francisco, um mês depois”, em um auditório lotado da universidade.

Qual é o olhar dos jesuítas sobre esse papa jesuíta? Certamente, o pontífice quis que, no seu brasão, figurasse o monograma da Companhia: o sol com as três letras IHS (Iesus hominum Salvator: Jesus Salvador dos homens). Assim, a “assinatura” jesuíta aparece no centro do sinal pontifício.

Mas, concretamente, como o Papa Francisco coloca em prática o “programa” jesuíta que, segundo o padre Ghirlanda, não foi apagado com a sua eleição? “O que importa é o carisma próprio da Companhia, sua forma de pensar e de agir”, é a sua análise, embora salientando que nenhuma vez, há um mês, o papa citou Inácio de Loyola, nem os Exercícios Espirituais, matriz da formação jesuíta.

Porém, “quem não seguiu os Exercícios não pode compreender os jesuítas”, insistiu o padre Ghirlanda, recordando duas de suas características: a importância da Cruz, de fato muito presente nas intervenções públicas do Papa Francisco, diante do pecado, seja coletivo como pessoal; e a Ressurreição, considerada como “mais existencial do que intelectual”, sobre a qual o papa não deixou de insistir, para levar cada um a escolher o seu próprio caminho sob o olhar de Deus.

Fundamentado nessa base espiritual, o ser jesuíta, como disse ainda o padre Ghirlanda e como se pôde constatar nesse primeiro mês de pontificado, é feito de “simplicidade na palavra, de ausência de pompa e de proximidade pessoal”.

Essa proximidade foi enfatizada pelo padre Miguel Yanez, jesuíta argentino e especialista em teologia moral, formado nos anos 1970 na Argentina pelo padre Bergoglio, então jovem (33 anos) provincial dos jesuítas. “Acima de tudo, ele sabia o que fazia. A sua liderança era real, principalmente naqueles anos pós-conciliares bastante desconcertantes”, explica. “A nossa formação era concebida por ele o mais próxima possível da cultura das pessoas. Bergoglio queria que ela também fosse alimentada pela história e pela literatura”.

“Mesmo que a sua teologia não fosse uma ´Teologia da libertação´”, lembra o padre Yanez, “ela era, no entanto, uma ´teologia do povo´, que levava em conta todos os aspectos da religião popular e mariana”. Portanto, “era no contato permanente com as pessoas comuns” que Bergoglio “alimentava a formação que queria para nós”, contou o padre Yanez.

Mais prosaicamente, o jesuíta argentino lembra uma anedota. Embora fosse cardeal de Buenos Aires, Dom Bergoglio foi almoçar no seminário e foi convidado pelo reitor para tomar a palavra diante dos seminaristas, ao término da refeição. “Vão lavar os pratos!”, respondeu, dando ele mesmo o exemplo.

Mais seriamente, o padre Ghirlanda observou que “essa humildade não é sinônimo de fraqueza”: “O governo jesuíta é forte e decidido”. Vimos isso por ocasião da nomeação pelo papa, no dia 13 de abril, do grupo de oito cardeais encarregados de aconselhá-lo no governo da Igreja e na reforma da Cúria: um simples comunicado dessa decisão substituiu o habitual aparato jurídico, pesado e lento, típico da Cúria.

Na Casa Santa Marta, onde o Papa Francisco continua residindo, prosseguem as consultas informais, como prelúdio para um discernimento alimentando tanto de oração, quanto de vários contatos. As homilias cotidianas na capela de Santa Marta, diante de uma “verdadeira” assembleia, alimentam um “mini-Magistério” do novo “pároco do mundo”.

Os observadores também notaram que, desde a sua eleição, o Papa Francisco ainda não falou dos “temas sensíveis”, ou seja, aqueles da moral privada. Ele se comporta, desse modo, como um verdadeiro diretor espiritual, um carisma habitual para os jesuítas, mas desta vez em nível mundial. A sua pastoral, ousadamente fundada na mensagem do Evangelho, dá prioridade à misericórdia, à acolhida de todos, independentemente do peso dos seus pecados.

É exatamente isso que chamou a atenção de Emma Fattorini, senadora italiana (PD) e especialista em história da Igreja. Na sexta-feira, ela destacou, “no meio da falta completa dos nossos valores”, a “proximidade do testemunho do Papa Francisco”. Ele soube, a seu ver, “responder à acusação de fundo contra a Igreja, denunciando a incoerência entre o que é dito e o que é vivido, que tanto minou a credibilidade da Igreja”.

Jornal La Croix

Sergio Rubin – Francesca Ambrogetti El Jesuita, la historia de Francisco el Papa argentino

Martes, abril 2nd, 2013

“Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo” Francisco

Jueves, marzo 28th, 2013

Palabras del santo padre en el homilía de la Misa Crismal

Ciudad del Vaticano, 28 de marzo de 2013 (Zenit.orgFrancisco papa |

A las 9.30 de esta mañana ha comenzado la Misa Crismal en la Basílica del San Pedro. Publicamos a continuación la homilía del santo padre.

Queridos hermanos y hermanas
Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.

Las Lecturas nos hablan de los «Ungidos»: el siervo de Yahvé de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos… Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es la del Salmo: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (Sal 133,2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.

La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cf. Ex 28,6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cf. Ex 28,21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.

De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón.

Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo, esto es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema…». «Bendígame padre» y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en petición, petición del pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales – pero lo son sólo en apariencia – el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos – futuros sacerdotes – todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cf. Lc 8,42). El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.

Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a  minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco – no digo «nada» porque gracias a Dios nuestra gente nos roba la unción se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja», y esto os pido, sed pastores con olor a oveja, pastores en medio de su rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción – y no la función – y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús.

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido. Amén.